Circularidad o sobre el porqué del conflicto permanente en la pareja

Hola lector/a. En este post vamos a reflexionar sobre el porqué del conflicto permanente en la pareja (aunque no necesariamente tiene que ser en una relación amorosa, puede ser también en la relación entre un padre o madre y un hijo o hija o incluso entre dos amigos, si bien es cierto que en este último caso la salida es fácil porque no suele existir una relación afectiva ni de dependencia propia de las relaciones amorosas…).

Vayamos al caso. Pongamos por ejemplo la relación de pareja entre Javier y Paqui (en este caso una relación tradicional, pero igualmente válido para cualquier otra relación). Javier, los fines de semana suele llegar tarde a casa y, en ocasiones, bebe; Paqui, por su parte, se encuentra deprimida y tiende a pasar mucho tiempo en la cama. Ésta suele ser la escena habitual en mi consulta: cuando le pregunto a Javier por su hábito con la bebida tiende a explicarme que se siente solo, responsabilizado por la carga familiar de la casa, y que cuando llega después de una larga jornada de trabajo su mujer “no está de ánimos” (no como a él le gustaría, claro está); y por otro lado, cuando le pregunto a Paqui por su malestar, tiende a explicarme que su marido es egoísta, que piensa poco en ella y que además tiene un problema con el alcohol (y no le falta razón). Bien, el caso es que llevan en esta situación dos, tres, cinco o diez años, o tantos como sigan buscando “la culpa” del problema en el otro. Y así, se eterniza el sufrimiento entre ambos.

Lo que sucede en la relación entre Javier y Paqui tiene que ver con lo que llamamos circularidad en terapia sistémica, que quiere decir que el estado de ánimo o la conducta de una persona influye en el estado de ánimo o la conducta de la otra, de manera que si A influye en B, para que cambien las cosas A no puede depositar la responsabilidad del cambio en B, ni viceversa. En nuestro caso, si seguimos así, probablemente Javier continuará con su hábito enólico y con sus salidas nocturnas y Paqui seguirá triste y deprimida.

¿Qué hacemos entonces? En la mayoría de los casos creo que la solución pasa por responsabilizarse cada uno de su dolor, de su sufrimiento y de sus errores. Creo que lo contrario hará difícil encontrar una solución efectiva al problema. En nuestro caso, ¿se ha preguntado Javier por qué su mujer “no está de ánimos”? ¿Ha valorado en algún momento buscar solución a su problema con el alcohol? ¿No ha pensado que quizás sería recomendable pasar más tiempo en casa? Yendo más allá, ¿por qué está con Paqui? Y en el caso de Paqui, ¿acaso no existe otra alternativa distinta a encamarse? ¿Por qué no pone un límite ante esta situación? ¿Por qué mantiene su relación con Javier? Los problemas no tienen siempre una solución fácil, eso es más que evidente. Tanto es así que algunas personas no consiguen cambiar nunca el rumbo que siguen sus vidas a pesar de soportar un intenso malestar. Por eso, a veces hay que cambiar la dirección, el foco, para intentar encontrar así una solución distinta a lo que nos sucede. Para eso, precisamente para eso, está la psicoterapia…

Dependencias emocionales y relaciones traumáticas: la regla del “contacto 0”

Hola. En este post vamos a hablar sobre una posible solución ante las llamadas “relaciones tóxicas”, aunque yo personalmente prefiero hablar de relaciones muy difíciles o altamente complejas. Y digo complejas porque las relaciones, en sí mismas, no son ni buenísimas, ni malísimas o  tóxicas, sino que somos las personas las que tenemos más o menos dificultad para conducirnos en el devenir de las relaciones, dependiendo de muchos factores, entre los que podríamos mencionar, por ejemplo, nuestra psicobiografía, las relaciones en nuestra familia de origen, nuestra experiencia previa con exparejas, nuestros miedos, nuestras dependencias o necesidades (afectiva, económica…), todo lo cual influye de una u otra forma en cómo resolvemos una relación en la que pesa más el sufrimiento que el bienestar, el conflicto frente a la armonía, el dolor frente al sosiego…

Es evidente que hay personas inmersas en relaciones tremendamente complicadas o incluso “imposibles”, en las que el maltrato en cualquiera de sus formas es la tónica habitual en la relación. Este sería el caso más evidente, pero no el único. Aquí también tienen cabida las relaciones que se sustentan sobre una dependencia extrema, apareciendo así un desequilibrio no siempre fácil de resolver y que conduce al sufrimiento y al dolor de una manera constante.

En cualquiera de los casos anteriores puede que la “regla del contacto 0” sea la única solución al problema. ¿Qué es el contacto 0? El propio término lo describe, consiste en la evitación de cualquier tipo de contacto con la otra persona implicada en la relación. Es decir, se trataría de poner un límite para no establecer ningún tipo de contacto o comunicación, esto es, no hacer ni contestar llamadas, mensajes de WhatsApp, no buscar o indagar a través de redes sociales, pedir en el círculo social cercano que no  te hablen de esa persona o incluso no frecuentar determinados lugares en común… Esta estrategia se utiliza así para “desengancharse” de la otra persona,  para cortar el vínculo afectivo con una persona cuyo contacto es sinónimo de dolor, sufrimiento o agonía.

Llegado a este punto creo que si se decide optar por el contacto 0 hay una cuestión importante que tiene que ver con el cómo. Y es que me parece recomendable explicar a la otra persona que en la relación hay daño, y que para evitarlo se ha decidido que en adelante no va a haber ningún tipo de contacto o comunicación con el otro o con la otra. Así, la otra persona estará en mejor disposición para entender lo que suceda en lo sucesivo y para ajustarse a una nueva etapa.  

¿Qué suele pasar después de aplicar el contacto 0? Lo normal es que  suceda algo similar a lo que aparece en cualquier tipo de dependencia. Yo describiría 3 fases principales:

  • Una primera etapa en el que aparece la calma, la seguridad y la tranquilidad, ya que se ha decidido tomar distancia o alejarse de alguien que provoca dolor.
  • Una segunda etapa de abstinencia, en la que puede aparecer la duda o incluso el deseo de retomar el contacto con esa persona. Esto es normal porque de alguna manera existe un vínculo afectivo, que es, entre otras cosas, una necesidad en nuestra especie (necesitamos sentirnos confirmados, tener un yo, una identidad personal, un sentido de pertenencia, etc.). Hay otras cuestiones como los recuerdos del pasado, las relaciones con terceros… que pueden activar nuevamente el impulso por recuperar una relación que se desea terminar.
  • Y una última etapa en la que tras haber transitado por el dolor y por la reflexión, o bien se llega al convencimiento de que definitivamente hay que cortar la relación, o por el contrario se decide dar una “segunda oportunidad”. En tal caso habrá que sopesar y no minimizar ni negar las consecuencias de tal relación…

¿Qué hacer para superar una adicción? Lo primero, hablar…

¿Qué es una adicción? Adicto procede del latín addictus, que significa originariamente “dedicado a” o “entregado a algo”. Vayamos pensando en su concepción, esto es, “dedicado a” o entregado a” la droga (del tipo que sea), al juego, o la comida, a una persona, a las redes sociales, al sexo, a los llamados “tranquilizantes”… El término latino addictus también hacía alusión en tiempos antiguos a un tipo de esclavo, significado que dicho sea de paso cobra mucho sentido porque se es esclavo de algo o de alguien, ¿no es así?

Otra cuestión. Adicto se compone del sufijo “a”, que indica negación, y del vocablo “dicto”, que significa “dicho”. En este sentido, tal y como me explicaba una magnífica terapeuta con la que me formé durante mi etapa como psicólogo clínico en un hospital, adicción significa desde el punto de vista psicoanalítico “lo no dicho” o “lo no hablado”. Así, no es de extrañar que las adicciones no suelen ser reconocidas por el propio sujeto ni habitualmente reveladas a la familia hasta que la persona que lo sufre no experimenta un nivel de sufrimiento tal que este empieza a resultar insoportable por su impacto en la pareja, en la economía familiar, en lo laboral, en lo académico en el caso de los menores, etc. Así pues, llegado a este punto, hagamos la siguiente pregunta: ¿qué pasaría si yo, con una adicción, hubiese sido capaz de hablar antes sobre lo que me pasa? Siempre es difícil, no cabe duda, hay que ser muy valiente para hacerlo. Sin embargo, estoy convencido de que si algunas personas hubiesen dado este paso probablemente no se habrían arruinado, o lo habrían hecho en menor medida; tal vez no habrían echado por tierra su relación de pareja o quizás podrían haber evitado otras consecuencias derivadas de la adicción. Recuerdo el caso de un hombre que mantenía en secreto su adicción al juego y en el que cuanto más tiempo pasaba mayor era su deuda… hasta que explotó.

En esencia, no comunicar lo que nos pasa o lo que sentimos ya es en sí una forma de comunicar, eso sí, patológica, porque en la comunicación humana existe un axioma (o principio) que dice que “es imposible no comunicar”. Así, si estoy triste, se me ve en la cara o al menos será muy difícil disimularlo; y si estoy angustiado se verá reflejado en mi conducta sencillamente porque es muy difícil vivir “como si no pasase nada”. Si nos vamos a ejemplos concretos, no es de extrañar que cuando no funciona una relación de pareja, por ejemplo, exista un mayor riesgo de que aparezca una adicción al juego, al alcohol, al móvil… Lo mismo puede suceder cuando la comunicación no fluye en el seno de una familia (en estos casos es habitual que los chavales suelan refugiarse en las redes sociales, en relaciones patológicas con la comida en forma de trastornos de la conducta alimentaria, etc.). Por todo ello, si te sientes atrapado o atrapada en la relación con una sustancia o en una adicción no biológica (comida, redes sociales, juego, relaciones sexuales, etc.), habla, comunica, di lo que te pasa y afronta este desafío. Lo más difícil ya está hecho…

¿Amar, o depender? Si tienes dificultades en tu relación de pareja, echa un vistazo a esta entrada…

El título de este post es el de un libro escrito por Walter Riso, psicólogo clínico y psicoterapeuta y cuya lectura recomiendo si lo estás pasando mal por como te sientes en tu actual relación de pareja.

El amor en la pareja debe ser en el balance global de la relación una experiencia sana y saludable, en la que primen más los encuentros que los desencuentros, más la alegría que la tristeza, una experiencia basada en la sintonía, la confianza mutua, y la complicidad. Eso no quiere decir que el amor no lleve de la mano experiencias o momentos de dolor. Esta es una experiencia inexorablemente unida al amor. Pero a diferencia de lo que sucede en la dependencia afectiva (o adicción), ese dolor se afronta, se acepta y se supera, alejando de la relación los fantasmas del resentimiento, la culpa, la deuda continua y el sometimiento. Si estas palabras resuenan con intensidad en tu conciencia, tal vez necesites ayuda a través de un proceso psicoterapéutico.

Por eso, dejo por aquí algunos ejemplos que pueden ayudarte a identificar si mantienes una relación afectiva sana, o si por el contrario tu relación se basa en la dependencia y por ende en el sufrimiento:

  • Tienes la sensación de estar con una persona que no te hace feliz, y aunque pesan más los “contras” y las desavenencias, no te sientes con calma para decidir sobre aquello que crees que necesitas o que es mejor para ti…
  • Tu relación se mueve en el eje “dominancia-sumisión”, sin intercambios igualitarios y con la percepción de que existe un desequilibrio constante en tu relación de pareja.
  • Si mantienes una relación por miedo a la soledad. Si necesitas escuchar constantemente “te quiero”, “te echo de menos”, “sin ti mi vida no tiene sentido…” y un largo etcétera de cargas afectivas que se ponen sobre la otra persona y que terminan por desequilibrar la relación, instalándose constantemente en la angustia y la amargura.
  • O como escuchaba de un paciente en sesión, “he conocido a una chica pero no me da lo que necesito…” Las relaciones de pareja sanas no se pueden basar en la satisfacción de necesidades personales sino en un encuentro en el que cada uno se hace cargo de su historia, de sus debilidades y de sus necesidades, encontrando en el otro un apoyo con el que recorrer un camino juntos, mejor y en sintonía con el destino que nos depara la vida, aceptando lo que es y lo que no puede ser (a pesar del dolor), lo que se nos da y lo que se nos niega…
  • Si experimentas una sensación de tristeza y vacío en tu relación que no puedes resolver y que tal vez afrontas a través de la ingesta descontrolada de alimentos (ingesta emocional), del consumo de alcohol, drogas u otras conductas adictivas, conductas que se convierten en mecanismos patológicos para perpetuar el sufrimiento y la dependencia. Mantienes así el barco a flote, hasta que se hunda por el propio peso del dolor.

Todo lo anterior son indicios “sutiles” de la dependencia. El problema es mucho más claro más cuando aparecen situaciones como la agresión verbal (ni que decir del maltrato físico), la humillación, el desprecio, la coacción o la limitación de libertades… En estos casos en mi experiencia suelo ver gente en consulta con un intenso sentimiento de culpa, con ideas constantes sobre el sentido de la vida, con planteamientos respecto a si sería mejor no vivir o incluso quien se plantea el suicidio como solución activa a su malestar. En cualquiera de estas situaciones recomendaría reflexionar sobre la posibilidad y la conveniencia de solicitar ayuda psicológica especializada…

Tengo depresión y estoy en crisis, ¿qué puedo hacer?

Hola. Hoy quiero hablarte sobre qué hacer o cómo actuar si te encuentras en un momento de crisis en el que sientes que “ya nada tiene sentido”, que “lo has intentado todo” y que “nada tiene solución”. No soy muy dado, ni a los consejos rápidos, ni a las pautas “universales”, porque entiendo que cada persona es única y singular, con sus circunstancias y con sus determinantes. Sin embargo, al ser el suicidio una situación especialmente dramática y desafortunadamente cada vez más frecuente (primera causa de muerte no natural en jóvenes de entre 15 y 29 años en la actualidad), en este caso sí creo necesario y conveniente plantear una serie de consejos que son compartidos entre los profesionales y que en este caso sí que pueden ser de ayuda para quien se encuentra en una situación límite. Así, los consejos y pautas que aparecen a continuación están orientados hacia la búsqueda de ayuda para aquellas personas que padecen depresión grave o angustia intensa y que tienen ideas relacionadas con la posibilidad de hacerse daño, aunque la ideación suicida puede ser también la expresión sintomática de otros trastornos psicopatológicos, a saber: trastornos de ansiedad graves, crisis en determinados trastornos de la personalidad, etc.

Entonces, si te encuentras en esta situación, ten en cuenta lo siguiente:

  • Los pensamientos suicidas pueden aparecer en respuesta a situaciones que no siempre son irresolubles, aunque lo parezcan. Si lo analizas con calma, probablemente comprobarás que aunque ahora mismo te estés sintiendo muy mal, no siempre te has sentido así. Es decir, imagino que habrás tenido momentos en los que a pesar de tu malestar has podido llevar hacia delante una vida normalizada, en la que has mantenido tus relaciones sociales habituales, tal vez hayas disfrutado de tus hobbies o incluso puede que hayas mantenido tu actividad laboral habitual. El problema es que cuando se está en crisis es habitual que todo se vea “de color negro” que parezca que “nada tiene solución (desesperanza)” y que uno no puede manejar la situación. Pero créeme, con ayuda muchas personas encuentran apoyos y alternativas que le sirven para revertir esta situación y recobrar el control y la estabilidad en sus vidas. Esto es una realidad.
  • No estás solo/a. Siempre hay alguien que estará dispuesto a escucharte, a compartir tu sufrimiento y a ofrecerte la ayuda que necesites. Piénsalo bien. Puede estar ahí algún amigo o amiga, algún familiar… y en último caso, si no lo sientes así, estaremos los profesionales en centros sanitarios especializados y en los dispositivos de Urgencias de los hospitales. Comparte tu sufrimiento. Ten en cuenta que compartir tu malestar ayuda a mitigar el dolor, y si lo haces, es posible que tu angustia sea menos intensa y que además recibas la ayuda que tal vez tú no esperas. ¡Confía en ti y confía en las personas de tu entorno!
  • Piensa en los motivos o en las razones que te han ayudado a superar momentos difíciles. No sé, tal vez tus hijos si los tienes, tu familia, tus aficiones con las que puede que tanto hayas disfrutado, tus proyectos personales, tu esfuerzo personal… Piensa que actuar de forma impulsiva no suele ser beneficioso y que además puede tener consecuencias desafortunadas para ti o para los tuyos. Como te decía antes, puede que no estés siendo capaz de ver alternativas a la situación que estás afrontando…
  • Evita estar solo/a. Intenta hablar o relacionarte con otras personas.
  • Aléjate de todo aquello que pueda ponerte en peligro. Evita también el consumo de alcohol o drogas.
  • Si te encuentras mal, puede que no sea el mejor momento de valorar tus éxitos, ni de tomar grandes decisiones. Mantente ocupado/a y realiza actividades sencillas y a la vez placenteras o mínimante gratificantes para ti (pasear, salir a correr o hacer deporte, ir al cine, salir a tomar un café, etc.).
  • Si aun así persiste el malestar o la angustia y no eres capaz de sobreponerte, solicita cita urgente para hablar con tu médico de cabecera. Si estás en tratamiento psicológico o psiquiátrico, contacta con tu terapeuta para valorar posibilidad de atención urgente. Y si te encuentras así por la noche o si es fin de semana, acude al Servicio de Urgencias del centro sanitario más cercano a donde te encuentres, estaremos ahí para ayudarte. Si no te es posible, llama al 112, con seguridad encontrarás a profesionales sanitarios que sabrán cómo ayudarte.

Finalmente, te indico aquí otros recursos y teléfonos de ayuda de los que puedes hacer uso si lo necesitas:

  • Salud responde (Servicio Andaluz de Salud): 902 50 50 60.
  • Teléfono de la esperanza: servicio de atención telefónica que funciona 24 horas en el que podrán ayudarte u orientarte en la gestión de una crisis (consulta los teléfonos según tu lugar de residencia en https://telefonodelaesperanza.org).
Fuente: Guía para la detección y prevención de la conducta suicida de la Comunidad de Madrid.

Sobre cómo afrontar la situación por Covid-19: “optimismo y pesimismo patológicos”

En la actualidad queda claro que todos nos hemos visto obligados a afrontar una situación difícil. Difícil por varios motivos, pero sobre todo por las graves consecuencias que pueden derivarse y que tristemente ya se ha producido tras la infección por covid-19. Yo destacaría fundamentalmente dos cuestiones que subyacen a la angustia y al malestar psicológico que está afectando a la población  general:

– Por un lado, la impredictibilidad de la situación, esto es, la incertidumbre respecto a quién puede infectarse, en qué situación, cómo nos puede afectar y cómo podemos afectar a su vez a los demás, de lo que se derivan además otras emociones desagradables (desasosiego, culpa, etc.). A este respecto cabe señalar que la incertidumbre es un factor habitual en la génesis de la angustia.

– Y por otro lado, está la morbilidad asociada a la enfermedad, es decir, la posibilidad de enfermar incluso hasta poder causar la muerte.

Así pues, sin lugar a dudas estamos ante una situación ansiógena que por sus características y por su persistencia en el tiempo hace que estemos aprendiendo a convivir con una situación en esencia traumática. Ahora bien, ¿qué podemos hacer para vivir mejor en esta situación pandémica? En las líneas que siguen no voy a mostrar al lector nada nuevo, probablemente “nada que no sea sabido ya” y por tanto “no vamos a descubrir la pólvora”, pero no por ello conviene perder detalle al respecto. Veamos.

Existen básicamente tres formas de afrontar la realidad actual que vivimos, todas, desde mi punto de vista, comprensibles. Así, hay personas que por múltiples circunstancias personales afrontan la situación desde lo que podríamos llamar “optimismo patológico” (que es distinto al “optimismo inteligente”. En una situación como la actual el optimismo se ha convertido en un mecanismo de defensa, yo diría que también de supervivencia. Es decir, si fuésemos extremadamente realistas probablemente permaneceríamos en una situación de aislamiento, de disminución del contacto social y de inactividad que en no pocos casos terminaría por generar un trastorno emocional. Dicho con otras palabras, ser optimista puede ser un mecanismo de supervivencia; pero ese optimismo, como dicen algunas personas, “no puede llevarnos a buscar la enfermedad”, es decir, a infravalorar los riesgos y a actuar como si el virus del covid no existiese. Eso supondría una sensación de invulnerabilidad, algo parecido a una “ilusión de control” (que por cierto se da en conductas como el juego patológico) que nos llevaría a sobre-exponernos al virus y a aumentar de forma desmedida el riesgo de contagio. Y si desgraciadamente la consecuencia es de gravedad, el sufrimiento estaría garantizado. Como ejemplo, un hombre que habiendo estado sintomático y con fiebre decide no aplazar unos pocos días el café que toma de forma semanal con sus amigos, todos mayores y algunos con patología orgánica de base…

En segundo lugar, frente al “optimismo patológico” estaría su homólogo opuesto, el “pesimismo extremo”. Hace poco tuve que atender a un paciente que hasta tal punto fue “prudente” que por miedo al contagio estuvo tres meses sin visitar a su propia madre, que vivía en su misma localidad. Desafortunadamente su madre sufrió un infarto y este hombre no pudo despedirse como él hubiese deseado. Ahora está en plena elaboración de un duelo algo más complicado de lo habitual. Además, vive este momento con intensa angustia y tristeza, pues, entre otras cosas, ha abandonado una de sus principales fuentes de bienestar, sus ratos de pádel con sus amigos.

Por último, habría un camino intermedio que tendría que ver con el “optimismo inteligente” que mencionábamos más arriba. Sépase de antemano que no existe una pauta ni una forma de actuación inequívoca ni que sea igual de adecuada para todos (en tal caso no estaríamos hablando de ello). A groso modo, se trataría de hacer vida “con normalidad”, esto es, utilizando las medidas de prevención por todos conocidas pero ajustando nuestra conducta a nuestra situación personal y a las circunstancias (p.e. evitar el contacto con quien sabemos que ha sido contacto estrecho, salir a pasear y realizar ejercicio físico al aire libre, mantener el contacto social preferiblemente en espacios abiertos, etc.). No es fácil, lo sé, lo sabemos, pero el sentido común, aunque a veces es el menos común de los sentidos, puede ser garante de nuestra conducta y de nuestro bienestar en una situación que de por sí genera sufrimiento. Pensémoslo…

¿Cuándo acudir a terapia?

Como se suele decir, todos tenemos una «maleta», o una «mochila» a nuestras espaldas para hacer referencia a que todos y cada uno de nosotros tiene sus propias luchas internas. Cuando estas desencadenan síntomas, adicciones o ciertos trastornos mentales y cuando el nivel de sufrimiento o angustia se hace insoportable, entonces uno se plantea la posibilidad de acudir a un especialista para recibir tratamiento psicológico o psicoterapia, tal vez con menos dudas y resistencias. Ahora bien, ¿esperaríamos acaso a desarrollar una enfermedad física grave para acudir a una consulta médica? Creo que conviene hacer la misma reflexión respecto a esa «mochila» con la que caminamos. Y para muestra, lo que muy bien ha explicado el cantante Dani Martín, que desde mi punto de vista lo hace de forma clarividente…

Padres y grupos de WhasApp en los coles…

No deja de sorprenderme el uso que los padres hacen de WhatsApp para «ayudar» a sus hijos a resolver sus problemas escolares (suyos, no de los padres). «Mi hijo trae o no trae apuntada tal cosa», o dice que hay que hacer una actividad de no sé qué materia académica… Aunque WhatsApp tiene sus ventajas (y muchas), desde mi punto de vista también tiene sus inconvenientes (y muchos), entre otros, que con esta forma de funcionar no fomentamos la autonomía ni la capacidad para asumir responsabilidades que poco a poco deben ir asumiendo los niños. Para explicar mejor el tema al que me refiero, te animo a leer el siguiente artículo publicado por Eva Millet en la revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. No tiene desperdicio, merece mucho la pena…

Hiperpaternidad en nuestros días. Pincha aquí.

Sobre el uso de WhatsApp: «una barrera para la comunicación»

¿Cuántas veces has leído un mensaje de WhatsApp y has “malinterpretado” el contenido? ¿A quién no le ha sucedido esto alguna vez? Es hablando con el otro, cara a cara, y a veces malinterpretamos las palabras, cuanto más cuando “hablamos” a través de WhatsApp… He aquí un ejemplo del fenómeno al que me refiere: decir “¡qué listo eres!” puede interpretarse obviamente como “qué inteligente eres”, pero si lo piensas bien, también podría interpretarse como “qué estúpido eres”. ¿De qué depende entonces? Pues básicamente de cómo se relacionan los implicados, del contexto en el que se produce la relación…

Verás, lo anterior tiene una explicación sencilla que tiene que ver con axiomas o principios de la comunicación humana. En esencia, los mensajes que transmitimos tienen básicamente dos componentes: el primero, el digital, hace referencia a lo que decimos, al contenido en sí mismo, mientras que el segundo, el analógico, hace referencia a los signos que utilizamos para decir lo que decimos, a los gestos, a las expresiones faciales… es decir, a los comportamientos que acompañan a lo que decimos. El mensaje necesita de la lógica para poder tener un sentido, y si no hay lógica, el mensaje es cuanto menos ambiguo. Por eso, seguro que habrás tenido la ocasión de saber, por ejemplo, que un familiar o un allegado está triste aunque verbalmente te ha dicho que “está bien”, o que “va todo bien”, y lo sabes porque su expresión te hace pensar en lo contrario…

Pues bien, volviendo a la pregunta con la que empezamos esta reflexión, lo que sucede con los mensajes de WhatsApp es precisamente eso, que corremos el riesgo de no poder comunicarnos adecuadamente por adolecer el propio medio de falta de lógica, de emociones, de sentimientos…

Sin extendernos mucho más, ¿qué implicaciones tiene esto? Si me lo permites, me atrevo a sugerir un consejo: utiliza el WhatsApp para comunicar cuestiones con poco contenido emocional (por ejemplo, “he comprado el pan”, “te recojo en el trabajo”, “cógete un chaquetón, hace frío”, etc.), pero no utilices WhastApp para resolver un problema con tu amigo/a, con tu compañero/a de trabajo, con tu pareja o con tu hijo o hija. Tendrás muchas probabilidades de equivocarte…

Juegos paralímpicos: resiliencia y superación de adversidades

Últimamente seguro que habrás oído hablar de nombres como Teresa Perales, Michelle Alonso, Gerard Descarrega, Susana Rodríguez, Adi Iglesias, Álvaro Valera, Jairo Ruiz, y así, un largo etcétera de deportistas que han participado en los recientes Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Todos, sin excepción, son a buen seguro un claro ejemplo de superación, independientemente de los resultados, y sus actuaciones son además un motivo de orgullo y de satisfacción tanto para los propios deportistas como para quienes vemos en ellos el fiel reflejo del esfuerzo, de la valentía, del coraje y de la superación a pesar de entrenar y competir con dificultades que tienen que ver con la merma en sus condiciones físicas, psíquicas o sensoriales. Sencillamente, increíble. Felicidades a todos ellos.

Entre otras cosas, ¿qué nos enseñan estos deportistas? Desde mi punto de vista nos transmiten la importancia de considerar una habilidad que es clave para superar las adversidades que nos depara la vida, y que es la resiliencia. La resiliencia no es otra cosa que la capacidad que tiene las personas para adaptarse y superar así situaciones adversas o incluso traumáticas. Y es, en parte, la explicación de por qué algunos niños o adultos, aun viviendo circunstancias difíciles (p.e. maltrato, un accidente con secuelas físicas graves, un defecto congénito, una crisis económica, etc.) se sobreponen a tales situaciones para alcanzar el logro de resultados positivos o deseados mientras que otras, aun teniendo que afrontar situaciones menos adversas, permanecen atrapadas en el dolor.

Evidentemente la vida puede ser (y de hecho lo es) complicada para muchas, muchas personas. Si me permites la expresión, aunque suene discordante o inadecuado, a veces puede ser una “mierda”. Pero la Psicología positiva, que no es una solución milagrosa, nos enseña entre otras cosas que el afrontamiento de la adversidad requiere de la persona la capacidad para dar un paso más hacia la superación y hacia la búsqueda de nuevos objetivos vitales. Aunque no hay fórmulas mágicas ni pautas inequívocas para ello, la resiliencia aquí juega un papel clave.

La adversidad así entendida requiere en primer lugar de la superación de un proceso de duelo (con todo el elenco de emociones que entraña este complejo proceso, esto es, incredulidad, negación, tristeza, angustia, tal vez culpa, desesperanza…) que, aunque no siempre, puede ser tanto más difícil cuanto más grave o traumático sea el infortunio de que se trate. Y no es menos cierto que en este proceso no todas las personas pueden avanzar ni al mismo ritmo ni de la misma manera (aquí influye también la subjetividad como componente inherente al sufrimiento humano), lo que va a depender de la capacidad resiliente de cada uno, esto es, de la habilidad para aprovecharse de los recursos y de las herramientas con las que uno cuenta, amén de otros factores como la experiencia de vida previa… Entonces, y continuando con lo anterior, ¿por qué algunas personas superan mejor las crisis o las adversidades que otras? Aunque hay muchos factores que generan resiliencia, algunas investigaciones definen esta habilidad como un proceso que implica, por un lado, la capacidad para la aceptación del dolor; y por otro, la capacidad para identificar activos en salud capaces de “amortiguar” los efectos del estrés y para enfocarse decididamente en ello como paso previo a la superación de los efectos derivados del trauma. En otras palabras, son personas que habitualmente mantienen una visión positiva de sí mismas para acometer después planes de acción realistas, abordables y que generen un reto. Con mayor probabilidad se trata de personas que desarrollan una actitud de aceptación, tolerante con la angustia y con el dolor, y que se permiten vivirlo como lo que es; son personas que se enfocan en la regulación de las emociones y no tanto en el cambio de los hechos (que son los que son); además, albergan una visión de vida en la que cabe contemplar las crisis como oportunidades para el cambio y no como barreras insalvables. Aprovechan estas situaciones para establecer nuevos objetivos, apoyándose para ello, por ejemplo, en relaciones personales satisfactorias, en la realización de ejercicio físico y en otras actividades de autocuidados…